San Pablo de la Cruz reunió compañeros para anunciar el misterio de la Pasión. Quiso que sus compañeros siguieran un estilo de vida a la manera de los apóstoles, y fomentaran un espíritu de pobreza, penitencia y soledad, que les permitiera alcanzar la unión íntima con Dios para ser testimonio de su amor. Con clara visión de los males de su tiempo, proclamó que la Pasión de Jesucristo, la obra más grande y admirable del amor divino, es el remedio más eficaz para los males que aturden a la humanidad.
La Iglesia aprobó esta familia religiosa para anunciar el Evangelio de la Pasión con la vida y el apostolado.
Los Misioneros Pasionistas están presentes en 61 países; entre ellos, México y República Dominicana, cuyos religiosos y comunidades forman la Provincia de Cristo Rey. Mediante su estilo de vida y oración, su tarea formativa y empeño apostólico; los Misioneros Pasionistas desean construir comunidades evangélicas y evangelizadoras que hagan de todos un memorial de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús, de acuerdo con el patrimonio de San Pablo de la Cruz.
Inspirado en los rasgos típicos que nacen de la Pasión de Cristo, como manifestación del Amor de Dios, San Pablo de la Cruz propuso una serie de valores o actitudes para formar un tipo de personas que realmente hicieran presente en el mundo este Memorial de la Pasión de Cristo. Estos cuatro valores o pilares sobre los que se cimienta el carisma Pasionista son: la soledad, la oración, la pobreza y la penitencia.
La Espiritualidad Pasionista ha de centrarse en la contemplación del Crucificado, la obra más grande del Amor Divino, y de profundizar en las actitudes que acompañan esos momentos de la vida de Jesús: la humildad, la actitud kenótica y martirial. De ahí debe brotar un nuevo proyecto de vida para la persona respecto a sí misma, en su relación con Dios, con los demás y con el mundo. Para lograr esto habría que utilizar las actitudes básicas de la espiritualidad pasionista:
La Oración ante un Dios amoroso que nos invita a vivir en su voluntad.
La Soledad para palpar nuestra nada y nuestras limitaciones, y desde ahí descubrir el Todo de Dios y su voluntad salvadora.
La Pobreza como camino de anonadamiento de sí mismo para dejar a Dios ser totalmente en nosotros.
La Penitencia, que aun cuando no es nombrada en el Testamento, fue otro de los valores que recalcó a sus seguidores, como un camino de conversión, para eliminar los obstáculos a la gracia de Dios en nuestra vida.
Estos valores constituyen el núcleo de la experiencia carismática de San Pablo de la Cruz, y ellos se encuentran señalados en su Diario Espiritual, en sus Cartas de dirección espiritual, así como en su testimonio personal.